UNA VIDA
RECORDADA Y CONTADA
Francisco
Carranza Romero
Amadeo Bernardo Aguilar Aguilar, autor del libro “Un molino de
Caraz” (2025, Ornitorrinco Editores, Lima) narra con emotiva sencillez la
realidad multiétnica y multicultural del Perú y los acontecimientos que dejaron
huellas en su vida: su nacimiento en un hogar donde se habla castellano y
quechua, la unidad familiar, las creencias, las fiestas populares, los vecinos
y amigos, los centros educativos y otras peripecias de su vida. Las fotos
familiares demuestran con objetividad sus relatos.
El ser humano inicia su vida en un
lugar y fecha sin haberla programado. Nuestro nacimiento es nuestro destino.
Todos, sin excepción, somos indígenas según el verdadero significado de la
palabra; además, somos seres con historia de hace siglos y milenios. Y,
mientras crecemos vamos sintiendo muchas simpatías y antipatías sociales,
culturales, por el color de la piel y por el lugar de nacimiento. En esta
situación de prejuicios hay pocos como Amadeo que asumen con orgullo sus
orígenes; mientras otros viven mintiendo y arreglando sus historias.
Sobre su nacimiento e infancia
junto al molino de Raupo, en Caraz, (Áncash, Perú en 1948), dice “… un universo
de ruidos y silencios, de aguas y juegos, de miedos y alegrías. Allí descubrí
que la vida, como la harina, se forma en la molienda constante del tiempo” (p.
19). Este libro de Amachu (hipocorístico de Amadeo) es para leerlo con calma y
reflexión porque es la historia de un peruano que no ha perdido su choledad, su
peruanidad aun viviendo y realizándose profesionalmente fuera del Perú. La
educación escolarizada en todos los niveles, por suerte, no lo domesticó ni colonizó
ni le quitó su orgullo; le sirvió para encontrarse consigo mismo. Hay dos
relatos en español y quechua ancashino del Callejón de Huaylas.
Cuando cuenta sobre sus
experiencias infantiles en los campos y cerros de la Cordillera Negra aparecen espontáneas,
cual hongos después de la lluvia, los hipocorísticos quechuas (variación cariñosa
del nombre propio: palatalización de los sonidos y reducción de sílabas), topónimos,
zoónimos, fitónimos y etnónimos; entonces se siente la presencia de la lengua quechua
que sobrevive gracias a la resistencia de los propios usuarios; no tanto por la
política lingüística de los ministerios de educación y cultura.
La vida, como en todo grupo humano,
está basada en creencias y símbolos como los siguientes: “Cuando a mediodía
quería comprar sal, me decían: No hay porque tenían la creencia de que vender
sal a mediodía traía mala suerte” (p. 29). “En ese tiempo… había panaderías,
una pequeña bandera blanca lo indicaba” (p. 50). La banderita blanca también
indicaba la venta de la chicha blanca de maní. La banderita roja indicaba la
venta de carne o chicha de jora.
Conocí a Amachu en la Escuela 339 cuando
llegué a Caraz, capital de la provincia de Huaylas, para continuar los estudios
de primaria porque en mi pueblo de Quitaracsa había sólo hasta el Segundo Año,
gran logro de mis mayores que viajaron hasta Lima para solicitar, suplicar y aligerar
los trámites. Él estaba en un grado menor que yo. Era otro pie descalzo como
yo. Su descripción de los estudiantes procedentes del campo es real: “Creo que
todos los de la zona rural hablaban más quechua que castellano, los entendí
hablar algunas veces, aunque en clase estaba prohibido hablarlo” (53). “...
algunos que venían de las aldeas agrícolas… con gran esfuerzo hablaban
castellano; conversaban en quechua entre ellos, en voz baja” (p. 150). Yo también
era un niño que tenía mejor comunicación en quechua que en castellano. Al
hablar del quechua dice algo testimonial: “Al pasar del medio rural al medio
urbano fui descubriendo la importancia de esa lengua. Era normal en el medio
rural, pero en la ciudad tenía poca aceptación y muchas veces era ignorada o
menos apreciada” (p. 79). La educación escolarizada peruana, entonces y hoy,
sigue siendo castellanizante en las clases, textos y exámenes. En las ciudades,
para hablar nuestra lengua nativa teníamos que bajar la voz para evitar las burlas
y menosprecios de los que, por sus apellidos y códigos de comunicación, se
sentían ser los descendientes directos de los colonizadores. Ignoraban que los
nombres fueron impuestos por el bautismo; los apellidos eran de los que se
repartieron las tierras con gentes, animales y plantas. Gracias al qapaq
(divinidad) algunos seguimos atreviéndonos a usar la lengua de nuestros
ancestros cuando conviene, y la investigamos con afecto.
Amachu y yo compartimos la vida escolar
de la secundaria en el seminario diocesano San Francisco de Sales, en Huaraz. Yo
me salí del seminario junto a otros rebeldes seminaristas faltando un año para
concluir la secundaria. Los monjes benedictinos estadounidenses -los superiores-
y nosotros -estudiantes andinos- no nos comprendimos por tener el modus cogitandi
diferente.
Después de seis décadas nos hemos
vuelto a ver en Lima y nos hemos contado tantas aventuras vividas dentro y fuera
del Perú. Es que él, después de graduarse en la Facultad de Ciencias Económicas
en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima, continuó sus estudios de
postgrado en Economía Rural en Bélgica. Tanto en Perú como en Bélgica laboró
como pudo mientras estudiaba. Sus logros son productos de sus esfuerzos.
Nos comparte una experiencia amarga
del 25 de julio de 1986 que afectó a su esposa belga y a su hijito cuando fue a
recoger su nuevo pasaporte porque fue capturado y encerrado en el calabozo del
Palacio de Justicia porque Bernardo Aguilar Aguilar estaba en la lista de los
buscados por la policía; su argumento y protesta de que él era Amadeo Bernardo
Aguilar Aguilar no cambió la situación. El 31 de julio, gracias a la
intervención de un abogado, se aclaró: la persona buscada por la justicia había
nacido en Huata en 1904; el detenido había nacido en Caraz en 1948. “Después de
una semana salí en la tarde del viernes primero de agosto. Me quedaba un
pensamiento o una pregunta: cuántas personas se encuentran injustamente en las
cárceles del país y aún peor, ¿tendrán a alguien que se ocupe de ellas? (131). Es
la triste realidad: La justicia se hace sorda y ciega cuando el acusado es
pobre y sin influencias.
Y, gracias a este libro deduzco que
el cura Vicente Aguilar fue quien subió el cerro piramidal Shuytujjirca (shuytu
hirka: colina piramidal) que está sobre Quitaracsa, y que demostrando su
alegría por haberlo logrado gritó eufórico desde la colina un ¡aaji! que se
escuchó hasta en el poblado. Desde entonces la colina es más conocida como Kuura
Qaparinan (donde el cura grita el aaji de alegría). Y ese atrevido cura había
sido tío de Amadeo Aguilar. Una grata sorpresa, Amachu.