lunes, 9 de marzo de 2026

CONVIVENCIA HUMANA Y CANINA EN LAS URBES

 CONVIVENCIA HUMANA Y CANINA EN LAS URBES

Francisco Carranza Romero

Las urbes actuales no están pobladas solamente de gentes; cada día aumentan las mascotas. Entre éstas, los perros constituyen la mayor cantidad y hasta son considerados como miembros de la familia humana porque rompen la soledad. Algunos canes no comen la sobra de sus amigos o dueños humanos, tienen su menú especial; son bañados y arreglados con criterios estéticos de los cosmetólogos caninos; si hace frío usan ciertas ropas y zapatitos; las clínicas especializadas en cinología velan por su salud y, cuando se mueren, son enterrados en cementerios especiales.

Sin embargo, la convivencia no planificada de humanos y canes dentro de la casa y en áreas públicas externas crea problemas de higiene, salud, orden y asuntos legales.

Higiene y salud. Las áreas de césped de los parques y bordes de las aceras, por más que parezcan bellos paisajes verdes, no están en condiciones como para sentarse o echarse cómoda y despreocupadamente porque se han convertido en urinarios y cagaderos de perros que son sacados de las casas no sólo para pasearlos y relajarlos sino también, como se ve en la realidad, para que hagan sus necesidades. Generalmente, los que hacen pasear los perros son gentes contratadas para este servicio; pocas veces son los propios dueños. 

Las personas que transitan por las aceras deben tomar muchas precauciones; más aún en las aceras estrechas y sinuosas para evitarse experiencias desagradables. Hay deposiciones perrunas regadas en los pisos: dispersas o en montoncitos de toda forma, consistencia, dimensión, color y olor. Por la cantidad de excrementos en las áreas públicas se deduce que son pocos los que recogen la mugre en bolsitas y las botan en los basureros establecidos y no en cualquier lugar como se ve en los bordes de las aceras. Estas caquitas perrunas, una vez resecas, pulverizadas y atomizadas vuelan con el viento, se pegan en la ropa, cara y cabellera de los caminantes; entran a las fosas nasales, bocas y ojos de quien sea; y también entran a las casas en las plantas de los zapatos porque muy pocos se los quitan y dejan en la entrada como se acostumbra en algunos países de Asia. 

Las manchas oscuras que parecen aceite derramado o humedad de agua debajo de los postes, bancos, graderías y esquinas son los resultados de las meadas continuas de los perros machos. Las perras, sólo abren las piernas y riegan las plantas y pisos. Toda esta asperjada se hace ante la mirada complaciente y despreocupada de sus cuidadores.

Los excrementos y orinas de perros en áreas públicas son elementos que contaminan y afectan la salud física de la gente que vive en las urbes.

Orden, respeto y tranquilidad. Algunos que hacen pasear a uno o varios perros ensartados, al ver a los transeúntes humanos caminando en sentido contrario, no los toman en cuenta; van despreocupados mirando y escuchando sus teléfonos celulares o con los ojos dirigidos a otro lugar sin hacerse a un lado con su manada. Ante esta conducta del desconsiderado cuidador de perro, el peatón es el que cede el paso bajando con todos los riesgos hasta la vía por donde transitan los vehículos o hacia algún margen que puede estar en desnivel. El peatón trata de evitar el contacto, ladrido y mordedura del perro. 

En los edificios multifamiliares los ladridos y aullidos perrunos dentro y fuera de las viviendas rompen la tranquilidad de los humanos que moran allí. Y, cuando se aconseja y exige que las mascotas deben ocupar sus espacios, algunos cinófilos (los que aman al perro) alzan la voz sin pensar sobre los cuidados y las normas de convivencia entre gentes y animales. Esto afecta a la salud mental de la gente. La cinofilia, en las urbes del Siglo XXI, va ganando a la antropofilia. 

Ley sobre los perros. Cuando un perro daña el bien común, asusta o muerde a otra mascota o gente, ¿quién debe asumir la responsabilidad legal? El uso de correa y bozal no son suficientes para controlar a los perros agresivos pasivos o activos. Por esta esta razón es urgente crear normas sobre los perros (De canibus lex). Como ciudadano que vive en la ciudad propongo algunas sugerencias: 

El perro que vive en la ciudad debe estar registrado en un organismo de la institución local con sus datos de edad, raza, color y otras características particulares. Algunas personas que gustan fabricarse sus linajes extranjeros pueden también hacer lo mismo para sus queridas mascotas. 

Debe tener un microchip para ser identificado y ubicado rápidamente cuando se pierde o se enferma o cuando es autor de algún daño. 

Debe tener su ficha de vacuna a fin de evitar la transmisión de enfermedades que puedan contagiar a su especie y a los humanos cercanos. 

Se debe crear el seguro obligatorio del perro, lo cual debe ser pagado por el dueño, para indemnizar los daños y perjuicios causados por su perro. 

Lar urbes entre ladridos y mordidas. De tanto convivir con los perros, la vida urbana, poco a poco se va volviendo en perra vida, un calificativo que encaja bien a la realidad actual de algunas urbes donde los políticos, autoridades y perros no sólo ladran, sino que también muerden ávida y placenteramente. Y en el verano de clima canicular, todos sentimos el calor como mordidas de perros.

Los filósofos, artistas y psicólogos pueden opinar mejor sobre los cinocéfalos de tiempos remotos. Como se ve, hay mucho tema no sólo para los cinólogos.

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