lunes, 22 de febrero de 2016

NACIONALISMO Y RACISMO RETRASAN EL HUMANISMO

NACIONALISMO Y RACISMO

RETRASAN EL HUMANISMO

Francisco Carranza Romero

Japón no se acuerda quiénes le abrieron las puertas

Termina el mes de marzo y comienza abril de 2010 con noticias sobre los tristes efectos del nacionalismo y racismo en Japón. Las quejas y acusaciones han llegado a las instituciones internacionales que velan por los derechos humanos, y éstas han pedido a la Organización de las Naciones Unidas que aboguen por los extranjeros que viven en ese país. Según la prensa internacional, en Japón ha habido protestas de los inmigrantes filipinos, brasileños, peruanos y coreanos discriminados. Sin embargo, llama la atención de los coreanos protestando por la discriminación. ¿Corea del Sur trata mejor que Japón a los extranjeros?
Qué bien que se toque el problema de la discriminación a los extranjeros en los países que sí se han beneficiado de la apertura y generosidad de otros países que han acogido a sus ciudadanos sin crearles tantos problemas y sufrimientos.

Los países ricos de hoy no siempre estuvieron en la buena posición que hoy gozan. En siglos pasados o apenas algunas décadas fueron también países que se vaciaron hacia otros territorios ya en actitud de conquista y coloniaje o en actitud de inmigrantes que huían del hambre y la pobreza. El continente americano fue la receptora de esas olas humanas procedentes de Europa y Asia.

América después de 1492
Después del descubrimiento de América en 1492, hordas de europeos se lanzaron hacia América para arrebatar a los nativos sus mejores espacios de vida usando el poder de las armas. Los nativos, para sobrevivir, se marcharon a territorios inhóspitos a donde no llegaran los ambiciosos conquistadores. Los vencedores se repartieron todo y hasta se otorgaron los documentos para ocupar los mejores terrenos de agricultura, ganadería y los yacimientos mineros. Los africanos llegaron a América después de ser cazados con armas y perros para ser vendidos por los esclavistas europeos.

El siglo XX fue de grandes movimientos migratorios de los europeos y asiáticos hacia América porque los países receptores les dieron muchas facilidades. Esos inmigrantes llegaron huyendo de los desastres en sus países, y con mucho esfuerzo se labraron un nuevo porvenir. América los acogió con generosidad. Y los antiguos benefactores no deben olvidarse de esa política abierta de los países americanos.

Leyes que determinan la nacionalidad
En el actual siglo XXI los países se diferencian por dos leyes de reconocimiento de la nacionalidad: Jus loci o jus terrae. El lugar (locus, terra) de nacimiento determina la nacionalidad. Si alguien nace dentro del espacio de un país, ipso facto es ciudadano de ese país. Los países de América aplican esta ley y así les conceden la ciudadanía a todos los nacidos en su territorio sin dar la importancia a la nacionalidad, raza y creencias de sus padres. Gracias a esta actitud tan abierta y generosa, los hijos de los extranjeros tienen todos los derechos como los nacionales por muchas generaciones. Así se explica que el ciudadano Alberto Fujimori Fujimori haya llegado a la rectoría de una universidad nacional y luego a la presidencia del Perú.

Jus sanguinis. La sangre o raza determina la nacionalidad. Y, dentro de esta ley hay una posición aún más extrema: Jus sanguinis patrilineal. Sólo la nacionalidad del padre determina la nacionalidad de los hijos. El machismo desconoce el valor humano de la madre. Bajo el principio del jus sanguinis se rigen algunos países de Asia como Japón y Corea del Sur causando muchos sufrimientos a los extranjeros.

Unos beneficiados, otros perjudicados
En el aeropuerto Jorge Chávez de Lima conversé con un peruano que, muy preocupado, viajaba a Japón para ayudar a su hijo y nuera no japoneses que residían allá y que le habían escrito sobre la ley japonesa de la nacionalidad del nieto que el peruano no llegaba a comprender. Sonreí y le dije que esta manera de pensar y obrar en desmedro de los extranjeros no era el problema sólo de Japón, y le referí varios casos que conocía de los extranjeros que viven en los países del extremo oriente de Asia. “Pero si el Perú reconoce a los hijos de los japoneses que nacen aquí”. Su argumento era muy acertado. Pero esos países cuyos ciudadanos gozan de éxitos profesionales y comerciales en Perú y otros países de América no están dispuestos a cambiar fácilmente sus ideas etnocéntricas.

El Perú y otros países americanos, cuando establecen relaciones y firman los convenios con esos países, no consideran estas leyes discriminatorias a los extranjeros. Las autoridades no sienten ni se preocupan del sufrimiento de los ciudadanos comunes que viven en esos países nacionalistas y racistas. Se preocupan sólo de los intereses políticos y económicos. En ningún momento se ponen a pensar en el principio de la reciprocidad. Si el principio romano “Do ut des” (Te doy para que me des) fuera la base de las relaciones internacionales, otros serían los ambientes para los extranjeros.

No hablemos del racismo, la bestia dormida o despierta que mora en nuestro interior. Es un tema de nunca acabar.

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